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Lo hemos conseguido

11/05/2011
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6 SEMANAS DE CONVIVENCIA

Si  los animales pudiesen hablar y alguien les preguntase qué ha sido lo mejor de la experiencia que acaban de vivir, quizás también dirían: “lo bien que se comportaron los humanos”, los muchos achuchones y chuches que han conseguido; la libertad de poder correr por el campo libremente siempre y cuando su seguridad lo permitía. Los burritos y los caballos recordarían los buenos campos llenos de pasto jugoso que les buscamos, los bocatas y  las manzanas compartidas y los perros sobre todo, el cariño y la compañía.

Lo adivino por la forma en la que nos saludaban cada mañana cuando por fin encontrábamos el valor de abandonar el calor del saco de dormir para enfrentarnos a otro día, Feodor, el caballo, rubio guapísimo y muy señor;  Félix, el poni más travieso y simpático;  Moreno, el burro más bueno del mundo y peregrino con mucha experiencia; Linda, la burrita guapa que se portó como una campeona; todos esperando su trocito de pan, ración especial  de cada mañana, y los perros impacientes ya con ganas de salir de la tienda, con excepción de Alfi, a quien no le gusta madrugar!

El ritual de cada mañana. Los incansables compañeros caninos del camino: Lilly, una máquina para andar; los galgos Filou y Luca que siempre parecen estar bailando como los acróbatas en las alturas; Benny, el viejito cuidador del campamento; Grillo, el perrito peregrino ciego pero más listo que ninguno; Pablo y Anais, pareja inseparable, simpáticos, cariñosos y juguetones; Alfi, el austríaco fuerte y tranquilo; Joschy, guapetón y pura vida, inquieto y divertido y finalmente,  Ronja, Morgana y Noa, nuestras compañeras de la segunda semana.  Creo que todos disfrutaron tanto como nosotros.

Pero claro, solo adivino y lo único que sé a ciencia cierta es que para MI, lo más gratificante fue la convivencia con ellos. Llegar a conocerles, cada uno con su carácter, su personalidad y hasta sus manías. Es una experiencia bonita, pero no explica la fascinación que se apoderó de nosotros al descubrir que en el fondo no somos tan diferentes a ellos. Ya sé que muchos se sienten ofendidos cuando alguien dice que “todos somos animales”, y no quiero entrar en polémicas sobre nuestro origen, más bien quiero resaltar el lado positivo de las cosas que SI tenemos en común con  todos ellos, como la alegría, la pena, la necesidad de cariño, comprensión, seguridad, y hay otras cosas en las que nos superan, sobre todo en cuanto a la lealtad y en la capacidad de perdonar. 

Me dijo una vez una amiga terapeuta, que -entre otras- una de las diferencias entre nosotros y los animales era que los animales no interpretan (a veces lo pongo en duda, cuando mi perro me huele la ropa al llegar a casa y mira con una expresión de reproche al estilo: “estuviste con otro”),  pero nosotros si lo hacemos. La interpretación tiene un alto índice de error. Hemos interpretado la génesis para justificar el maltratar y matar a los animales.

Si con nuestro Camino hemos conseguido que algunas personas  se hayan dado cuenta de que los animales tienen el mismo derecho de existir en este planeta como nosotros, ya hemos cumplido nuestro objetivo.

La experiencia ha sido increíble, gratificante y enriquecedora  para todos los participantes  y ha sido un excelente ejemplo para demostrar que la convivencia armónica entre seres humanos y animales es posible y de beneficio para todos.

Quiero dar las gracias a todos los participantes, voluntarios, a los compañeros de otras asociaciones y amigos de los animales  en nuestra ruta por su bienvenida tan cálida, su solidaridad y su apoyo; damos las gracias a todos los medios de comunicación que nos ayudaron a difundir nuestro mensaje y a los ayuntamientos de la ruta por su colaboración.

Nosotros hemos llegado al final de nuestro viaje con la llegada a Santiago, la bendición de los animales en la iglesia San Francisco, pero el Camino sigue, sigue con su belleza, sus paisajes preciosos e inolvidables, imágenes grabadas en nuestras mentes y siguen otros miles de peregrinos andando por estos senderos. También siguen allí los perros atados a cadenas, sobre todo en Galicia, lamentablemente en parte por la culpa de los muchos peregrinos que pasan por allí.

No podemos cambiar el mundo,  solo hemos sembrado unas semillas en la tierra, al filo del camino, algunos brotarán.

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Monte do Gozo – Santiago (29/04/2011)

06/05/2011
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En los últimos tiempos, y dada la revolución tecnológica a la que venimos asistiendo, todo acontecimiento que se precie es automáticamente registrado a través de la lente de una cámara de fotos y/o de video. En ocasiones, es tal la histeria por guardar el preciado momento, que acabas percibiendo la realidad del otro lado del visor. Y esto es porque tememos caer en las arenas movedizas de la memoria y olvidar los colores, los olores, las formas, las emociones… que configuran un recuerdo, un maravilloso recuerdo.

Llegar a Santiago de Compostela, después de 42 largas jornadas de viaje, con sus días y sus noches, con sus idas y venidas, sus ratos de tensión y de alegría, sus dificultades técnicas… merece un registro pormenorizado de cada detalle, porque es todo un éxito en sí mismo. Así lo hizo Telecinco y Correo TV, que nos acompañaron durante la jornada para ser testigos de nuestra entrada a Santiago. M. José y Mónica completaron el registro con sendas cámaras de fotos y, gracias a todos ellos, podemos narrar en imágenes lo que ocurrió durante el día. Yo voy a poner, a continuación, palabras a lo ocurrido.

Puedo contar, por ejemplo, que al emprender la marcha, muy temprano, se respiraba en el ambiente un aroma a celebración. Puedo contar que andamos unos pocos kilómetros, atravesando calles, carreteras y glorietas, que hubo gentes que nos salieron al paso. A las 10:30, aproximadamente, llegamos a la Iglesia de San Francisco. Sin demora, entramos a la iglesia cuando el Fray Paco nos lo señaló. Los caballos y burros se mostraron reacios, al principio, a entrar en ese lugar oscuro, cerrado y desconocido para ellos, pero una vez dentro se portaron de maravilla. Los perros nos siguieron encantados, deseosos de dormir una siesta en el suelo fresquito.

Todo el grupo se dispuso en forma de media luna para ver y escuchar todo cuanto iba a  decirse en la bendición de los animales. Era el momento culmen de nuestro viaje. Las palabras comenzaron a brotar de labios del Padre Paco con calma y dulzura, con tanto amor y cariño que nos reconfortó a todos.

De todo cuanto dijo, me quedo con la “Bendición para ti”, que dice así:

Que el amor sea luz de esperanza en tu caminar.

Que la paz sobreabunde en tu corazón.

Que la bondad sea tu huella en esta vida.

Que la fe te afiance frente al misterio de la vida.

Y que, llegado el momento de alcanzar la meta,

el amor te abrace eternamente.

Sé feliz, haz felices a los demás.

Una vez terminado el acto, y después de mojar a los animales con agua bendita (Grillo se despertó de mala gana cuando le salpicaron jajajaja), salimos todos con gran emoción al exterior, con la sensación de haber alcanzado la meta, de haber cumplido lo prometido.

Ha sido un largo y duro camino, pero ha merecido la pena. Ahora, una vez terminado el viaje, nos quedan cientos de fotos que nos recuerdan lo que hemos vivido. Pero lo cierto es que, por muy avanzados tecnológicamente que estemos, nada puede compararse con la realidad: el canto de un pájaro, el rayo de sol que te ciega, el croac de las ranas, el agua que te moja, el tacto de la hierba y las hojas, el roce de un perro, el rebuzno de un burro, el pelaje del caballo, las risas de los compañeros, las conversaciones de desconocidos…

Todo ello configura un grandioso recuerdo, porque ha sido una grandiosa experiencia que merece la pena vivir. En cuanto a nuestra labor de concienciación, hemos hecho todo cuanto hemos podido, desde el amor y el cariño que sentimos hacia los animales. Seguiremos trabajando, porque se merecen un mundo mejor y más justo.

Gracias por compartir este viaje con nosotros. Me despido de todos con un “Hasta pronto”, y que seáis muy felices 😀
Cristina Gómez.

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Santa Irene-Monte do Gozo (28/04/2011)

06/05/2011

La jornada comienza bien temprano con la visita de TVE que nos graba para el programa “Las mañanas de la 1”. Casi no hemos terminado de desayunar y corremos para preparar a los animales, la mochila, el bocadillo de media mañana… Casi sin darnos cuenta, comenzamos a andar, que el tiempo se nos echa encima.

En ocasiones, y a pesar del ajetreo que supone organizar y coordinar a un grupo numeroso de animales y personas, podemos parar y deleitarnos con el paisaje, con la conversación de los compañeros o, incluso, con el silencio. Deleitarnos con un sendero que atraviesa un bosque de pinos altos y que nos deja una sombra alargada, deleitarnos con un arroyo que borbotea al pie del camino, con especies herbóreas que crecen en los márgenes y nos son del todo desconocidas, con paisajes frondosos, deleitarnos con la conversación de un desconocido, también peregrino, o con la compañía silenciosa de los animales, que se tiran encima tuya en busca de cariño y te “muerden” las manos por si quedan en ellas algo de comida.

Así, las horas pasan volando, disfrutando de ellas, como un paréntesis que se abre en medio del estrés diario y las prisas, del ruido del tráfico que te espera a la vuelta, de las horas pesadas cayendo como gotas en el reloj de la oficina… Así es el Camino y así es como te engancha.

Unos kilómetros más tarde decidimos parar para tomar algo (una cervecita bien fría). Los perros duermen una siesta, al cobijo de una sombra. Los caballos y burros comen hierba fresca. Como estamos de buen ánimo, como casi nos parece ver ya, como un espejismo, a lo lejos, la Catedral de Santiago, paramos hasta dos veces más en nuestro camino, para celebrarlo. Así, demoramos nuestra llegada a Monte do Gozo hasta las 6 de la tarde, minuto arriba, minuto abajo. Una vez allí, todo el grupo inmortalizamos el momento con una fotografía y algunos corren a abrazarse. ¡Es tan grande la emoción contenida!

Muy cerca se encuentra el campamento. Al poco de llegar, Narciso y yo acompañamos a un responsable de protección civil que nos enseña el recorrido para el día siguiente. No puede fallar nada. Es nuestra entrada a Santiago de Compostela, el momento que estábamos esperando.

De vuelta al campamento, toca acicalarse un poco para la fiesta. Aunque estamos cansados, brindamos por nuestro viaje y por el resto de amigos que nos han acompañado. Es buen momento para hacer balance. Con una mezcla de emociones, dudando entre la alegría por llegar a nuestro destino y volver a casa y la tristeza y melancolía porque esta maravillosa experiencia se acaba, los peregrinos poco a poco nos vamos retirando a la cama. Toca descansar y ahorrar energías para el último día.

Cristina Gómez.

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Melide-Santa Irene (27/04/2011)

06/05/2011

Como ya he dicho en alguna ocasión y, si no es así, lo digo ahora, durante el Camino es muy fácil perder toda noción del espacio-tiempo. Cada día avanzas a un lugar diferente y da igual si es lunes o martes o domingo. La rutina siempre es la misma. Es normal, por tanto, llamar y despertar a un amigo una mañana de sábado y preguntarte: “¿Pero no debería estar trabajando?”. Lo que ocurre es que acabas por olvidar el día que es y el lugar donde estás.

Para más inri, cuando se acerca el final de algo sientes que todo se precipita, va más rápido que de costumbre y echas cuentas de todo lo que queda por hacer o lo poco que queda para llegar.

En Santa Irene, el albergue se encuentra en el margen derecho de la carretera. La persona encargada del mismo nos dice que no cree que haya problemas con las camas y que podemos montar el campamento fuera, en un pequeño parque. Junto al albergue no hay ni un restaurante ni un bar ni casi nada. Es por ello que, a lo largo de la mañana, vemos pasar sin demora a los peregrinos, camino de O Pedrouzo. Por no haber, no había tampoco cobertura ni para los móviles ni para conectarse a Internet.

Ese día hizo un calor de muerte. Con el estómago dando la lata, Mónica y yo nos fuimos a reunirnos con los peregrinos para comer en un punto intermedio del camino. Nos perdimos en más de una ocasión, pero gracias a Didi, que es un cielo, conseguimos llegar a buen puerto. Los peregrinos dormitaban al sol o a la sombra y los animales comían o descansaban. Andrea (Alfie) y Herta, ya muy cansadas, volvieron al campamento con nosotros.

Al poco, la tarde se nos echa encima. Todo va tan rápido ahora… Los peregrinos llegan a Santa Irene, se duchan, descansan un poco. Comemos unas lentejas de Didi, muy ricas y reconstituyentes, y hablamos de los próximos dos días. Llegamos al final de nuestro viaje y tenemos que organizarlo todo. No queda tiempo, pero hay que seguir avanzando hacia adelante…

Cristina Gómez.

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Gonzar-Melide (26/04/2011)

28/04/2011

De los 42 lugares por los que pasamos en este viaje, yo diría que el 90% eran totalmente desconocidos para mí cuando salí de Málaga. No me imaginaba, por ejemplo, que Benavente, que me sonaba de oídas, como quien dice, era tan pequeñito o que La Bañeza me parecería mucho más interesante (antes, habría jurado justo lo contrario).

Tampoco sabía que existían dos Melides: una en Lugo y otra en A Coruña. Este tipo de cuestiones son las que te hacen programar el GPS erróneamente, avanzar hacia el destino durante 30 kilómetros; ser, entonces, consciente de que vas en dirección contraria y dar la vuelta para andar otros 60 y tantos kilómetros, con la hora pisándote los talones y los nervios de punta.

Y es que en Melide tenía concertada la última charla del programa educativo. Mónica y yo llegamos con la lengua fuera, pero llegamos. Organizamos los materiales (lo grabamos en video. De esta manera queda para la posteridad cómo hago el payaso delante de los niños) y comenzamos la clase. Los chicos respondieron bien, como siempre. Mónica dice que se divirtieron. Yo creo que también. Es, como he dicho otras veces, muy reconfortante escuchar sus risas, percibir sus miradas interesadas, responder a sus comentarios y llamadas (algunos días pensé que me borraban el nombre)…

Después de eso, y ya con una cierta melancolía, Mónica y yo buscamos albergue donde pasar la noche. Dadas las dificultades técnicas que encontramos, el Ayuntamiento nos aconsejó el Palacio de Ferias y Exposiciones, habilitado a tal efecto, que, justo al lado, tiene una nave donde se celebra la Feria de Ganado y donde podíamos dejar los caballos y burros.

Ya con la tarea cumplida, paseamos por el centro de Melide. Allí nos encontramos con la grabación de una serie de televisión de época, por lo visto, de una cadena autonómica. La secuencia era la siguiente: Un coche irrumpía en la plaza, junto a la Iglesia. Un hombre bajaba, entregaba un anillo a un chico en silla de ruedas, que esperaba junto a su prometida y los demás invitados, le decía algo, el hombre subía de nuevo al coche y salía pitando, mientras los demás entraban en la iglesia. ¿Sencillo, verdad? Pues no sabría decir cuántas horas pasaron allí ni cuántas veces repitieron la secuencia. Bendita paciencia la de los actores y técnicos.

De vuelta al campamento, seguimos con los descubrimientos, aunque esta vez, no fueron tan gratos. Descubrimos, por ejemplo, que, dentro del recinto donde se celebra la Feria de Ganado, había un perro atado con una cadena de hierro a un poste, que llevaba allí horas, que no tenía agua ni comida cerca y, lo que colma el vaso, que estaba totalmente aterrorizado. De hecho, me acerqué a él para valorar mejor la situación y casi se ahorca con tal de salir corriendo y alejarse de mí.

Con el corazón acongojado, le llevé un poco de agua y pienso y pregunté por ahí para conocer lo que sucedía. Una fuente, bastante fiable, me informó. Me dijo que Melide no tiene protectora, que el Ayuntamiento da orden de coger a tal o cual perro, que está abandonado, lo atan al poste durante 20 días y si nadie lo quiere, lo llevan a la perrera. Y yo me pregunto: ¿Estamos locos o qué? He debido perderme algo. Que alguien me lo explique, por favor. Si esto es así, es del todo indignante.

Igual que desconocía la mayor parte de los lugares por lo que pasamos o cómo se graba, realmente, una secuencia en cine o televisión, también desconocía que todavía haya Ayuntamientos que tengan en tan míseras condiciones a los animales. Imaginaba que en muchos lugares no habría protectoras, pero no que el remedio que aplicaran fuera peor que la enfermedad.

Es preciso que sigamos luchando contra todos estos abusos, persiguiendo a los responsables, reclamando más y mejores medidas de protección animal, haciéndonos eco del maltrato y dando voz a quienes no la tienen.

Este Camino te acerca a cosas maravillosas pero, a veces, también te encoje el alma.

Cristina Gómez.

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Barbadelo-Gonzar (25/04/2011)

28/04/2011

Para variar, el día amaneció con incertidumbre: “¿Podremos reservar camas en el siguiente albergue? ¿Habrá sitio para los animales?” La respuesta a las dos preguntas fue un rotundo NO. Visto lo visto, Andrea (horses) y yo acampamos en un albergue privado, el doble de caro que el municipal, pero con un terreno espléndido para los animales.

Como dicen, después de la tormenta siempre llega la calma y, así, hemos pasado de la lluvia al sol abrasador de media tarde. De hecho, Martin, Ellen y Beate, después de varios días de caminata, están cogiendo un buen bronceado 😀

Mientras los peregrinos hacían un alto en el camino y comían algo (a la sombra de un buen árbol, por supuesto), Andrea y yo picoteábamos en Gonzar y charlábamos animadamente sobre libros, películas y otros entretenimientos varios (se echa de menos la civilización 😉 ). Un insecto me miraba detenidamente (creo que le caí en gracia) y volvía una y otra vez a posarse en mi brazo. El sol caía pesadamente sobre nuestras cabezas. Grillo y yo nos metimos en la tienda y dormimos un rato.

Al cabo de una hora, minuto arriba, minuto abajo, llegaron los peregrinos, locos por pillar la ducha y un buen plato de comida caliente. Por la noche, cenamos en el restaurante del albergue y, con el estómago bien lleno, nos metimos en el saco para dormir.

A estas alturas de la película, como quien dice, se nos acumula el cansancio (y las prisas). Es como ese sol que te ciega y del que quieres esconderte todo el rato. Lo malo es que el cansancio, como el sol, a veces, no te deja disfrutar de las pequeñas cosas que van sucediendo a lo largo del día.

Por ello, y porque estamos en la recta final, yo me esfuerzo por guardar en mi memoria el canto de los grillos y los pájaros, el arrullo de la brisa, el crujido de las hojas, el azul brillante del cielo y las estrellas centelleantes de la noche, los formas y colores de los insectos (antes desconocidos), el tacto de las plantas, la humedad del rocío…

A estas alturas, seguro que nos perdemos algo, pero lo esencial siempre queda.

Cristina Gómez.

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Triacastela-Barbadelo (24/04/2011)

26/04/2011

Por lo general, procuro describir en este blog anécdotas divertidas, historias curiosas, acontecimientos del día… normalmente, con un tono jocoso, alegre y optimista. Pero, como no es de extrañar, también suceden otras cosas que ponen los nervios de punta.

He observado, según vamos acercándonos a Santiago, que el Camino o peregrinaje se convierte, a medida que vas ganando kilómetros, en un negocio muy rentable.

El hospitalero (de hospitalario) deja paso al empresario (money, money). Ahora cuando llegas a cualquier lado con un problema es TU problema, no corren a buscar soluciones ni te ofrecen alternativas (como antes), ni siquiera, en muchas ocasiones, son simpáticos. NO significa NO, y utilizar los baños SIEMPRE cuesta dinero (la friolera de 5 euros).

Poner una lavadora y una secadora te puede salir por 8 euros. Pero es más, cuando reservas cama, aunque hayas soltado entre 70 y 80 euros por 7-8 personas, te agobian para que comas en su restaurante, te vigilan lo que haces o no haces y, sobre todo, si pueden sacarte más dinero ten por seguro que lo intentarán. Nada de utilizar la electricidad o coger agua para los animales. Nooo… No como antes, que eran mucho más hospitalarios, en la mayoría de los casos.

En Barbadelo no pudimos reservar cama (lo que, por contra, me parece normal) y nos dejaron utilizar los baños (menos mal, porque no siempre hay un buen recodo que sirva al mismo fin 😉 ).

Pero lo que sí ocurrió es que apareció un tipo que ni se presentó, ni dijo quién era, ni un “buenas tardes”, ni nada. Y de repente empieza a pegarme voces diciendo que quién nos había dado permiso para estar allí, que hacíamos lo que nos daba la gana, que nos iba a denunciar si le pasaba algo a los árboles y un largo etcétera.

Yo intentaba explicarle: “Mire usted, somos tal y cual, hemos preguntado a fulanito y menganito…” Cuando me cansé del tono que el tipejo ése utilizaba conmigo, le espeté: “A mí me habla usted bien”, por no decirle: “¡Déjeme en paz, viejo maleducado!”.

Porque todo en esta vida puede hacerse de muchas maneras, pero la correcta siempre es con educación. Porque pueden venir y decirme que estamos mal aparcados, que estamos molestando, que tenemos que irnos de allí… pero con educación, de buenas formas, con una sonrisa y un poquito de simpatía. Ahora, faltando al respeto ni mijita.

A veces me pregunto: Si la gente no es capaz ni siquiera de tratarse bien los unos a los otros, ¿cómo van a tratar bien a los animales? O quizás la pregunta sea al revés. No se sabe qué fue antes, si el huevo o la gallina, pero lo que está claro es una cosa:  Así, no vamos bien.

Dicen que cuando llegas a la Catedral de Santiago, en muchas ocasiones, te acercas al primero que pillas, a cualquier desconocido, y puedes abrazarte y llorar como si fueras “Marco”, reencontrando a su madre.

Ojalá todo el mundo pudiera pasar 42 días de viaje, con sus días y sus noches, con sus dificultades e inconvenientes, y sentir la grandeza que hay detrás de la amabilidad de un extraño.

Cristina Gómez.

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